
En un futuro cercano, Norteamérica es un páramo asolado por la radiación con una única y gran megalópolis que se extiende a lo largo de su costa este: Mega City 1. La macrociudad solo mantiene en pie gracias a la inquisitorial fuerza policia conocida como los Jueces. Este corps reune a los más implacables agentes de la ley, que actuan como jueces, jurado y verdugos; y el más implacable de ellos es Dredd. Pero ahora Dredd, y su compañera novata Cassandra, están encerrados en un complejo dominado por la líder mafiosa Ma-Ma, quien no pretende dejar salir vivos a los jueces.
8 MANUEL PIÑÓN 07.09.2012
Dredd es el Juez definitivo y debe liberar a la ciudad de una peligrosa droga llamada Slo-Mo que hace a sus consumidores experimentar la realidad en una fracción de su velocidad normal.
Llegando a última hora y de tapadillo a este verano de héroes crepusculares, atormentados, que exhiben sus pliegues con la misma falta de pudor que sus trajes ceñidos, este Juez Dredd supone un antídoto necesario a tanta épica sobredimensionada. Con el casco bien fijado, y no como Stallone, que se lo quitó a la primera de cambio en la adaptación de 1995, esta encarnación del personaje nace con la intención de mantenerse fiel al espíritu del cómic original, más de imperdible punk que de calzoncillo por encima del esquijama. Lo hace sin esclavitudes, porque Dredd se muestra permeable a la estética y hallazgos de esa oleada de películas británicas –no le pidan a un yanqui que lo haga– que no conciben el cine de acción sin la hipérbole y la ironía.
No hay historia de origen –¡gracias, gracias, gracias!– y el contexto se liquida con una frasecilla rápida, que a estas alturas el que menos ya tenemos un MBA en distopías futuristas, entrando en harina al minuto. Dredd es mitad policía, mitad juez, todo máquina de matar, en un mundo en el que no hay tiempo para vistas ni espacio para presos. Construyendo su propia jungla de cristal, este héroe dudoso avanza por un megaedificio de protección oficial, versión gigante y pesimista del de Attack the Block, dominado por una traficante –estupenda y corsaria Lena Headey– y su ejército de matones. Como en un videojuego de los de toda la vida, del Donkey Kong al Metal Gear Solid, cada planta es un desafío y el escenario se erige de inmediato en coprotagonista de una historia tan sencilla como efectiva. La escala lo es todo. ¿Para qué invertir en una costosa ciudad del futuro si lo que quieren enseñarnos es básicamente de qué es capaz este ejecutor?
Con esta premisa y la solvencia del mentón de Karl Urban, el reto en Dredd consiste en empujar la frontera de la brutalidad hasta el borde de la caricatura sangrienta, aspirar a la matanza como obra de arte, que salpique, estremezca y entretenga. Es una salvajada tan libre de complejos que es imposible verla sin comportarse como en aquellos bulliciosos cines de barrio. Habría que verla jaleando cada disparo a bocajarro, cada mutilación, prevenidos sólo para escuchar la puntual frase lapidaria del Juez más severo de Megacity Uno.
VEREDICTO: Con permiso de Los Vengadores, la mejor película basada en un cómic del año.
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