
Roger es un hombre que parece lo tiene todo. Es un cazatalentos (headhunter) muy prestigioso en Noruega y está casado con una propietaria de una galería de arte. Lleva una vida que no todos puede permitirse, ni él. Con tal de conseguir una serie de ingresos es capaz de hacer lo que sea, incluso de robar obras de arte.
8 Nando Salvá 24.08.2012
Un cazarrecompensas lo arriesga todo para conseguir un valioso cuadro que está en posesión de un antiguo mercenario.
Esta nueva intriga escandinava parece tener lugar en el mismo universo que algunas películas de los hermanos Coen –de hecho, guarda parentescos con Sangre fácil y Crueldad intolerable–, ése donde cualquiera tan insensato como para tomar una decisión basada en la codicia merece ser castigado. El noruego Morten Tyldum recurre a un método narrativo simple pero tremendamente efectivo: nos presenta a un personaje central eminentemente despreciable y, acto seguido, nos invita a que contemplemos con deleite cómo cabrea a los tipos equivocados y, a modo de recompensa, es sometido a las indignidades más humillantes que un guión inteligente y no necesariamente atento a los dictados de la mesura o la tiranía de la lógica puede inventar. A lo largo del metraje, el antihéroe de esta historia –estupendo Aksel Hennie, algo así como una mezcla entre Steve Buscemi y Peter Lorre– es disparado, apuñalado, golpeado, torturado, atacado por un pitbull, arrojado por un precipicio y obligado a ocultarse dentro de un depósito de mierda humana.
Asimismo, Tyldum también encuentra tiempo para ofrecer algunos ingeniosos apuntes sobre la responsabilidad personal sobre los propios actos y cómo la búsqueda incesante de la riqueza entra en conflicto con el logro de la verdadera felicidad. Su retrato de los banqueros y hombres de negocios como misántropos codiciosos y egoístas no es precisamente sutil –de nuevo, tampoco es que lo pretenda–, pero sirve para acomodar la película dentro del espíritu anticapitalista de nuestra época. Eso no significa, en todo caso, que Headhunters deje mucho tiempo o espacio para la reflexión, porque eso significaría dar pie al espectador a que considerara qué implausible es, en realidad, todo cuanto se nos cuenta. Por eso, la trama avanza como un cohete, impulsada por unos personajes despreciables estupendamente trazados y un gusto por el giro hiperbólico que la convierten en un disparate francamente divertido, y en una saludable inyección de sinvergonzonería y macarrismo ideales para todo aquel que esté cansado del exceso de seriedad y de ínfulas de la saga Millennium.
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