
Julio no obtiene el trabajo que el viejo escritor Gazmuri ofrece para mecanografiar su última novela. Pero a su amante y vecina, Blanca, le dirá que sí se lo han dado. Así que pone manos a la obra para escribir él mismo la novela, que hará pasar por la de Gozmuri, y en la que narrará su historia de amor de ocho años atrás con Emilia, cuando aún era un estudiante.
6 24.08.2012
Tras perder un trabajo como mecanógrafo, Julio decide fingir delante de su pareja que sigue trabajando, pero es él mismo qien escribe el manuscrito de una novela.
Decía Cortázar que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico. El protagonista de la chilena Bonsái escribe durante meses una novela como negro de un escritor renombrado y no encuentra cuadernos lisos, así que lo hace en cuadernillos de escuela con renglones. La obra –aquí empieza la metaliteratura– se llama Bonsái, y es un recuento autobiográfico de sus años de estudiante y un lamento del amor perdido que la película resuelve a la francesa –con intertítulos, etc.– y con flashbacks poéticos que explican por qué el personaje ha llegado donde ha llegado. Hay algo interesante en este baile de fechas –ocho años antes; ocho años después–: la ambigüedad de un pasado que nos duele por irrecuperable y que, sin embargo, nos acompaña siempre, como al protagonista de Bonsái, tan enfrascado en recuperar ese amor que perdió que, por el camino, no se da cuenta de que ha perdido otro nuevo. La referencia literaria es preclara y quizás por ello no hacía falta repetirla tanto: Proust. Mintiendo sobre que lo han leído –quién no lo ha hecho alguna vez– ligan los protagonistas de Bonsái. Se enamoran en una biblioteca. Luego su relación avanza. Dejan de citar a escritores muertos y empiezan a citarse ellos. Antes de acostarse leen a Carver, a Flaubert, a Perec pero con el tiempo su historia de amor se vuelve plomiza. Mientras, los siete tomos de En busca del tiempo perdido cogen polvo en la mesilla de noche y su relación languidece como una planta que nadie tiene ganas de regar.
No es sólo que el segundo filme de Cristián Jiménez esté plagado de citas, poemas y libros. Es que el filme celebra un amor y una nostalgia enraizada en las sesudas aulas magnas y en los pasillos de los vicerrectorados y que todavía no ha entendido que un bonsai es un ser vivo frágil y complejo al que no bastan las palabras recitadas de Proust para sobrevivir. Gustará más o menos. Dependerá de quien la vea y de si ha aprendido que efectivamente es más práctico apretar la pasta de dientes desde abajo.
VEREDICTO: Si piensas que "la madalena de Proust" es una confitería de tu barrio, mejor no lo intentes.
Andrea G. Bermejo
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